PROXIMA REUNIÓN DE NUESTRA TERTULIA: MARTES 14 DE FEBRERO, 6 TARDE
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lunes, 21 de mayo de 2012

Panteísmo práctico



Entrada originalmente publicada en el blog El espíritu de Walden

Mucho se ha hablado de panteísmo en este blog, y no sin razón, ya que el Walden de Thoreau se puede considerar una obra fundamental de esta corriente filosófica. Con esta entrada quiero concluir de manera concreta a una serie de reflexiones abstractas que he venido haciendo sobre el uso que hacemos del tiempo. Hablo de panteísmo y del tiempo como si fuesen una única cosa, y es que Thoreau interrelacionó ambos conceptos. En sus descripciones de la naturaleza parece uno ver que pasaba los días enteros contemplando, no solo el medio ambiente de la laguna, sino el correr lento de las horas.

Propongo llevar el panteísmo a un nivel superior, a la diletancia activa; deleitarse por sistema con la contemplación. Hay muchas actividades, practicadas por miles de personas, que tocan de refilón la filosofía contemplativa panteísta: aficionados a la fotografía de paisajes o del instante decisivo; o los observadores del cielo nocturno con telescopios; o los muchísimos aficionados y asociaciones nacidas solo para observar las aves; o el yoga, filosofía oriental que apunta a la observación interior de uno mismo. Esta propuesta puede ser un reto realmente difícil para el humano urbano, expuesto a una tormenta de estímulos constante. Abstraer la mente ante semejante cúmulo de información banal, para deleitarse con sutilezas, necesita de un estado de ánimo muy próximo al nihilismo, y es precisamente la ausencia de estímulos lo que el humano postmoderno intenta evitar a toda costa. Carl Honoré analiza la sobreestimulación en su libro sobre el movimiento slow, Elogio de la lentitud (RBA, 2005).

La idea no es observar, sino contemplar. Contemplar la naturaleza como hace el visitante de un museo con las obras de arte. Salgan de sus hogares y acudan al campo, a las calles de la ciudad, para ver lo grande y lo pequeño, el movimiento y la quietud, la vida y la muerte, el sonido, el ruido, y todo lo contrario, el olor y el color, de todo y en todo lo que nos rodea: el cambio de luz en las fachadas, el trabajo de los insectos, la nube que pasa, el animal que come y el que muere y el que nace y juega, y el que te mira y se va, el frío, la tormenta, la sombra y el calor; contemplar el crecimiento de una planta, en definitiva (esto último para usuarios avanzados...) Dejemos de mirarnos en el espejo, olvidemos el antropocentrismo por unos momentos. Ni siquiera hay que pensar en capturar los momentos con fotografías, porque no hay nada nuevo en todo lo que ve. Todo está ahí siempre, si sabemos mirar. La idea no es observar, sino contemplar. Saber contemplar es saber valorar lo que observamos, tomándonos el debido tiempo para ello.

jueves, 8 de marzo de 2012

Del alucinado

este mirar sin musgo busca júbilo en heptasílabos
da un espanto explicable
como una luz con rumores
da esta voz antigua de reloj ebrio
turba en la noche el silencio y añade
volutas al sueño

es el rimado
 manso del muy secreto vate adolescente

temblor
donde aprenden posturas algunos místicos

donde se forja
el héroe antes de salir a todos los vértigos 

miércoles, 7 de marzo de 2012

domingo, 4 de marzo de 2012

DE LOS PENSAMIENTOS Y VIVENCIAS DE UN GAÑÁN

Hace una semana apareció un breve y sencillo artículo sobre el libro de Juan Miguel Caballero en el diario Surdecordoba.com; creo que colocarlo aquí es una buena idea para compartirlo.


Acabo de leer Pensamientos y vivencias de un gañán, por lo que he de felicitar a Juan Miguel Caballero «Machaco», su autor, por haber logrado su gran sueño, con el mérito más admirable, y, además, por haber dejado a los lucentinos –y a quienes no lo son, en verdad– un interesante archivo de una parte de Lucena, no sólo en sus expresiones y habla, sino también en lo que ocurría fuera de su núcleo urbano. Habituados a referirnos a Lucena como su conjunto de calles, hay otra que hizo su vida fuera de ellas, en los cortijos, con jornales en el campo o vendiendo mercancía en otras ciudades, personas de las que él da buena relación y de su suerte.

Volviendo a las expresiones, me alegro de encontrar palabras que aprendí de mis abuelos y de mis padres y que hoy ya no hay modo de oírlas y raramente emplearlas (tampoco en la escuela), salvo por algún comentario nostálgico en la programación de la empresa de vídeo local: «sangarrear», «poyo fuego», «pichifarto», «echar el cristo», «porreteo»… Y hay otras que no conocía hasta ahora: «martingala», «lavarse a gafas», «enconsuchado»… Así que, gracias a él, una parte de este vocabulario local no se olvidará, aunque se haya perdido su uso.

Junto a las vivencias, quisiera destacar lo relacionado con los pensamientos del autor, ya que después de cada recreación de la memoria suele concluir con alguna reflexión normalmente bien traída al hilo de lo contado. Pensamientos relacionados con la naturaleza: «Siempre he observado que los árboles empiezan a secarse por la copa igual que al hombre con la edad le va fallando la memoria». Esto nos recuerda la fragilidad de la memoria humana a medida que avanza la edad. Más llamativos son los de aspecto social-moral, como la que comenta a raíz de que el hambre hacía que la gente comiera naranjas podridas y sus cáscaras, recurriendo a una nota machadiana: «Si de los que yo vi cogiendo naranjas podridas para comérselas diera sus nombres, no cabrían en esta página y hoy están millonarios. Muchos de ellos se han puesto tan aburguesados que ya no quieren saber nada de donde vienen ni que le recuerden su pasado. […] Simplemente recordar que al otro mundo, si existe, se va uno tan ligero de equipaje como hemos venido». Tampoco quiero dejar atrás aquellas reflexiones utilizadas para afirmar y reafirmar la veracidad de su relato, como si el autor temiera que no creemos lo que nos dice: «Como pasó así, así hay que contarlo, aunque les duela a algunos al leer estas letras».

Y, al hablar de nuestra actitud, acierta en su valoración: «Nosotros [los lucentinos] nos encasillamos a un nivel localista siempre creyendo que le estamos haciendo un favor a Lucena habiendo triunfado su arte con medallas de oro en varias exposiciones del extranjero». Espero que se rompa esta norma y que el libro de Juan Miguel, de este sencillo y profundo hombre cuyo oficio era el de gañán, trascienda más allá de lo local, pues es un gran archivo para toda Andalucía, para una parte de España, lejana en el tiempo, pero cercana en la memoria.



Manuel Guerrero Cabrera.

domingo, 5 de febrero de 2012

DE SEVILLANAS

En el número 20 de Aldaba, editada por la Asociación artístico-literaria Itimad, a la que pertenezco, aparecen unos antiguos versos de inspiración popular, que han titulado Letras flamencas. Estas alegrías y seguidillas formaron parte de un poemario que, rescatado del olvido, escribí entre 2002 y 2004 como continuación de la separata En la Plaza del Potro de Angélica (2002-03). 

 
De entre ellas, destaco las alegrías de Cádiz, que me parece superior a lo demás:

Alegrías
-Cádiz-

Quiero ponerle collares
a Cádiz, rosa sonriente,
flor del Sur y de la fuente
que me quita mis pesares.

¡Qué atardecer sincero
que me acuchilla!
¡Qué  infando compañero
sufrí en Sevilla!

Collares vespertinos
lucía el Río Grande,
al llevarme consigo.

(c) Manuel Guerrero Cabrera

sábado, 4 de febrero de 2012

PENSAMIENTOS Y VIVENCIAS DE UN GAÑÁN

PRESENTACIÓN DEL LIBRO
"PENSAMIENTOS Y VIVENCIAS DE UN GAÑÁN"
De Juan Miguel Caballero Aroca.
 

El sábado 26 de enero, en el Palacio de los Condes de Santa Ana, sus amigos, Conrado Castilla, Emilio Calvo y Juan Carlos Hidalgo y un servidor, junto con el condejal de cultura, Manual Lara, asistimos de subalternos a Juan Miguel "Machaco" en la presentación del libro de su vida.Juan MIguel cortó orejas y rabo y no tuvo que dar la vuelta al ruedo porque era el ruedo entero el que daba vueltas en torno suyo.

Un libro valiosísimo en recuerdos campesino y anécdotas de una época que ahora nos parece ajena pero que no hace tanto que vivimos los que peinamos algunas canas, un verdadero ejemplo de "memoria histórica", dura como todas las que se refieren a la posguerra, pero en este caso más amable y positiva de lo que se viene acostumbrando. 

Disfrutamos de lo lindo con él y con una sala abarrotada como no suele verse en la presentación de un libro. No podemos por menos que dejar aquí constancia de al menos las tres lecturas que hicimos y animar así a leer el libro entero que se ha editado en una edición exquisita y llena de documentos gráficos que ya de por sí valen lo que cuesta. Se puede comprar por de pronto en la librerìa Juan de Mairena de Lucena.


LECTURA 1: Pendiente de edición

LECTURA 2: Pendiente de edición


LECTURA 3


Buenas noches a todos… Buenas noches, Juan Miguel, ilustre y sabio gañán, yo más que felicitarte voy a decirte: “¡Ole tus… reales!, y no te digo lo otro porque estaría feo delante de la cámara… ¡Ole tus manseras, tu reja, tu rabero y tu lavija, ole tu ubio y tus mulas y ole la besana y los surcos de escritura tan hondos y tan derechos con que has labrado este libro!. No es en vano ese apodo tuyo tan torero de “Machaco”, porque es de admirar el tesón que tuviste para aprender a leer y escribir siendo ya mayor y el mismo tesón que has tenido hasta conseguir que se publicaran estas vivencias y estas “obrás” tuyas tan auténticas de una época muy distinta de la que vivimos ahora pero que no está tan lejana y de la que yo también participé en mi niñez.

Gracias, Juan Miguel, te doy en nombre de todos los que estamos aquí por este libro, por estos casos y estas anécdotas que cuentas y por esas palabras castizas que tú has conservado en la memoria y en la lengua y que ahora nos regalas y que son un testimonio histórico y humano de un valor que el tiempo irá acreciendo. Poca gente de tu edad se atreve y se pone a contar su vida como tú lo haces, ojalá muchos otros lo hicieran porque aprenderíamos mucho.

Conrado ha elegido para mí un pasaje que no podía ser más apropiado y que me toca de lleno, se trata de un episodio de lo que yo llamo el “Amor jamón”… Y para centrar el tema, no puedo resistirme a referir brevemente un par de anécdotas jamoneras, ya que mi primer oficio fue, y estoy muy orgulloso de poder decirlo, el de porquero; y ya se dijo que “del cerdo hasta los andares”:

Por entonces olía a cochino (bueno, a cochino, a conejo, a cabra mocha o cornuda, a gallina yueca y hasta a garullo haciendo la rueda) en todas las casas de campo o de pueblo que se preciaran de tener un corral medio regular, pero el jamón, sin ser de pata negra, ni de cebo ni de recebo que por entonces ni apenas se conocía ni se apreciaba más que el de cochino blanco, lo que ahora se llama simplemente jamón serrano, se reservaba para los enfermos, para las visitas, y los días de fiesta … Ahora no nos damos cuenta de que la carne de cerdo vivo vale igual que hace treinta años, esto es sobre cuarenta duros más o menos (1 euro con 20 para los que nacieron ayer tarde), por eso las granjas pequeñas como la de mi padre tuvieron que cerrar, y sin embargo yo no me explico como ver tanto jamón colgado en las tiendas y comerlo a diario, sea más o menos bueno, es algo corriente que no nos llama la atención.

Pero cuento rápido mis anécdotas para entender mejor la que voy a leer después y que tú, Juan Miguel nos cuentas en el libro con todo lujo de detalles.  La primera me la contado siempre mi madre y es más verídica que un caso de Paco Gandía; resulta que en los Llanos había una familia numerosa de las de entonces que cuando quería recoger a los chiquillos o tener algo de paz en la casa, los asustaba diciéndoles: ─”¡Muchachos, que viene Jamón! “ Y los chiquillos, que no sabían quien era semejante monstruo porque ni en sueños habían visto pata negra ni blanca, salían corriendo que se las pelaban como si se las tuvieran que ver con el tío del saco, con el destripador o el sacamantecas, que por entonces también eran muy famosos y amenazaban con aparecer en cualquier momento.

La segunda anécdota me la contaba mi padre, que fue un gañán, como tú, de complexión robusta y hercúlea y como tú curtido en besanas, fueran tiernas o duras, a lo largo, a lo ancho o al tresbolillo; y que tenía la yunta de mulas de más banderas que se hayan conocido, la Pintora y la Campanera, que llevaba el nombre por aquella famosa y surrealista canción de Joselito, el Pequeño Ruiseñor y yo que me aprendí de memoria al son de las cencerras cuando con 4 ó 5 añillos, mi padre me llevaba al campo subido en la parte delantera del aparejo.  Mi padre era muy aficionado al ganado y sin ser tratante le gustaba el trato y coger las mulas serreñas a lazo, más que a un tonto un lápiz. No se perdía una feria, fuera la de Rute, la de Priego, la de Lucena, la de Baena o “El Entredicho,”. Cuando iban de feria se juntaban los amigos y vecinos a comer cada uno del menú de su “capacha”, que para los neófitos era un tuperware hecho de pleita de esparto que se gastaba entonces. El menú consistía casi siempre en un “joyo” con aceitunas aliñadas, un trozo de bacalao, algún huevo duro, alguna tajadita de morcilla o de queso añejo, un picaillo y a veces se llevaba incluso un dornillo con su machacaera para hacer el gazpacho, pero como tú sabes, poco más… Bueno, pues contaba mi padre que uno de los que solían sentarse a comer con él acostumbraba a sacar un taco de jamón y a ofrecerlo ostentosamente a la concurrencia, diciendo ─”¡Señores, ¿Quién quiere jamón? ¡Comed jamón hombre! ¡Comed jamón!  ¡Mirad que m’ha echao mi mujer jamón de sobra! Y los demás, por cortedad o por no parecer lo que se decía “unos esmayaos”… miraban de reojo aquella maravilla entreverá y aunque se les hacía la boca agua le decían que no… Le decían que no, hasta que alguien se dio cuenta de que siempre sacaba el mismo taco de jamón y lo llevaba de feria en feria; el fulano le echó morro y aceptó la invitación y a medida que iba cortando lonchas y el taco de jamón iba pasando a mejor vida, la cara se le iba cambiando al dueño, poniéndose cada vez más colorao hasta que terminó por decirle: ─”Hombre, yo no es porque no comas, pero ten cuidao a ver si te vas a poner malo con tanto jamón”, a lo que el aludido le contesta: ─”¡Tú no te preocupes, que de una jartá jamón todavía no se ha muerto nadie!... Y en la siguiente feria, no hubo ya más jamón.

Bueno, pues leo ya el caso que nos cuenta Juan Miguel, que es a lo que he venido, y que precisamente está ambientado en la feria de Baena, que para quien no se acuerde es de las últimas sino la última de la temporada...

Esta anécdota que voy a narrar aparte de ser graciosa es verídica. Le ocurrió a mi pariente el “Cura” hace más de cincuenta años: fue en Baena en su feria real. En dicho pueblo existía una confitería que aparte de vender pasteles, su dueño tenía la costumbre que estando la feria en marcha ponía un gran jamón en el mostrador y lo iba vendiendo en bocadillos.
Mi pariente “Tartaja”, llegó a la feria a vender bisutería con toda su patulea de chiquillos, entre machos y hembras llegó a juntar seis machos y tres hembras hará un par de años murió uno de ellos Siempre montaba el paraguas de quincalla frente por frente a la iglesia, en un pequeño paseo que hay en dicho pueblo y a continuación de él todos los demás feriantes montaban sus cacharros (…),
Total que los chiquillos de "tartaja" una vez que empezaba la feria se salían del "paraguas" y toda la charpa de niños se iban a jugar a la pelota, pero uno de ellos que estuvo de monaguillo su padre le decía mi "Cura" y desde entonces todos empezaron a llamarle "Cura" y con "Cura" se ha quedado. Era y es gracioso hasta dejárselo de sobra, tenía y tiene la pituitaria muy desarrollada y olió el jamón, que el confitero tenía puesto a la venta encima del mostrador. Me contó el propio "cura" que el jamón era inmenso de grande yo lo visitaba dos veces por la mañana y tarde, cada vez que el confitero vendía un bocadillo, decía que era de la Sierra de Córdoba, por esas fechas la gente no era tan fina ni tan cutre ni estaba inventada la frase de pata negra.


Total que el "cura" mientras que sus hermanos jugaban al fútbol él ese tiempo lo pasaba viendo como el confitero cortaba el jamón y lo iba metiendo en los bocadillos, para los clientes que se lo iban solicitando. Por aquellos difíciles tiempos, comerse un bocadillo de jamón por la calle era un lujo y al mismo tiempo un peligro, por aquellos días la gente se iba a la mili, y muchos no llevaban calzones blancos. Cuando el "Cura" se acostaba por las noches no podía coger el sueño solo pensaba en comerse un bocadillo de jamón y lo consiguió. En el primer descuido que tuvo su padre le birló un almirez grandísimo de los que pesaban cinco o seis kilos de los que se vaciaban con una coquilla y debajo lleno de arena. Total que a la casera que se lo vendió decía la pobre mujer y ahora donde me llevo yo el almirez y el "Cura" con ese pronto que tiene le dijo a la mujer: señora encima que se lo doy barato que hago yo ¿se lo llevo a su casa? ¡alquile usted un borrico o un mulo!
Una vez que cogió las ocho o diez pesetas de la venta del almirez salió corriendo hacia la confitería y se gastó todo el dinero en un bocadillo grandísimo que parecía la manga de una embrea llena de bellotas. Tenía tanta gana de comer jamón que con mucho trabajo se lo jaló todo y en los últimos bocados contaban que hasta se le volvían los ojos al tragárselo. Los hermanos cuando vieron al "Cura" con aquella telera casi comía, se chivaron al padre. Al momento salió Tartaja, diciendo al "Cura" ¡maldita sea tu madre "Cura"! ¿donde has apañado los dineros para comprar ese bocadillo tan grande lleno de jamón que no se come en Lucena ni Don Juan Torres? La defensa que tenía era arrancar a correr por el llanete y su padre detrás le iba diciendo ¡me cago en la madre que te parió "cura" y en todos tus muertos! ¿cuánto te ha costado el bocadillo? Y desde lejos le decía: "2 pesetas". Y él le contestaba: ¡y una mierda "cura" me estas engañando! Y a todo esto que el cura de verdad desde la ventana del salón de la iglesia estaba viendo todo el panorama. y le dijo al "acolito" llama a la pareja que a ese hombre se le ha ido la cabeza. Y así lo hizo y así vino la guardia y se lo llevó al cuartel.


La noticia corrió como la pólvora entre los feriantes tanto de Lucena como de toda Andalucía porque nuestro paisano era muy querido por todos: se formaron corrillos y comentaban a "Tartaja" se lo ha llevado la guardia y está declarando. Vamos todos a ir a hablar con el señor "Junca" a ver si entre todos hacemos fuerza para que a "Tartaja" lo suelten. Le explicamos al Señor Cura lo que ha pasado y si hace falta vamos en busca del capitán de la Guardia Civil, y del Alcalde y si es preciso con un 'juez". La mujer está llorando y todos los chiquillos alrededor de ella y esta noche no piensa abrir el "paraguas" tengo que decir que entre todos los feriantes el Señor "Junca" era la vara larga; digo la vara larga porque tenía dos grandes pistas de coches de tope como se le sigue llamando en la actualidad, y los trabajadores o mozos ya dormían en una caravana.
Todos los feriantes fueron a aclarar lo que había pasado, así lo hicieron y así lo aclararon. Convencieron al sacerdote que la intención de "tartaja" no fue cagarse en sus muertos ni contra él era la discusión, sino con su propio hijo, que de mote le decían "cura" y le siguen diciendo. Es verdad qué blasfemar por aquellos días, era peligroso, pero el Señor medió a tiempo y no llegó la sangre al río. "Tartaja" abrió su "paraguas" y todo marchó a las mil maravillas, ya todos los años cuando iba a Baena su primera visita era para ver al Señor Cura y sellaban su amistad con unas copitas de vino, que había veces que se pasaban y a uno de los dos se le enredaba la lengua. ¡De tanta agua lacia como se habían bebido!

LA LEY CONSIGUIÓ POR HIGIENE SACAR EL GANADO DE LA CIUDAD

El siguiente artículo se publicó, en septiembre de 2011, en la revista de la feria de Nuestra Señora del Valle
de la Peña Taurina y Círculo Mercantil de Lucena.